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jueves, 8 de septiembre de 2011

Religiosidad y masonería

La palabra religiosidad casi siempre asusta a todas aquellas personas que se encuentran inmersas en su comunidad religiosa y piensan que todo lo que no está congruente con lo que el sacerdote predica, en automático se convierte en pecado.

Generalmente quien actúa de esa manera no dudamos en calificar de fanático de la religión a la que está adherido, sin embargo, es necesario que comprenda que es más importante tomar las cosas con la prudencia debida.

La masonería ha sido cuestionada desde siempre por desconocimiento de lo que es en realidad, de tal suerte que se le adjudican una serie de elementos detractores por la simple razón de que no se sabe realmente de que se trata.

La libertad que pregona es real por la sencilla razón de que no está sujeta a ninguna religión, no está sujeta a ningún partido político, tampoco exige a sus agremiados cualquier cosa que aparezca como enseñanza dogmática.

Los dogmas no tienen cabida en la masonería, los dogmas son el principio del fanatismo, porque los dogmas no admiten la duda, mucho menos el análisis.

Todo aquello que no admite un cuestionamiento, se puede calificar como religioso, entonces, cuando una situación determinada no permite ser cuestionada, es religiosa.

Una de las características de la orden es precisamente la duda, es decir, aprender a dudar de todo cuanto nuestros oídos escuchen y de esa forma, utilizar el tiempo necesario para definir si lo que nos han comunicado es verdad verdadera o es verdad condicionada.

Condicionar una verdad equivale a limitar el derecho de pensar, condicionar una verdad significa que se nos califica de subversivos, solo porque no aceptamos esa verdad interpretada.

Siempre encontraremos personas que pretendan interpretar una verdad a su modo y el hecho de no aceptar esa verdad a su manera, nos colocan la etiqueta de enemigos de lo que sea.

La duda a la que me refiero es tal vez el gran inicio de los conocimientos no solo de la masonería, sino de la vida misma, pues, toda persona que acepta una verdad sin analizar, sin sentir se encuentra ante el primero de los enemigos del ser humano.

Eludir el análisis de una verdad es colocarse a merced de los ambiciosos, de los hipócritas y todos entramos al mundo de los ignorantes.

El ignorante parece el menos perjudicial, porque no sabe lo que hace, el hipócrita sabemos que busca su beneficio y tal vez se trata de quien nos perjudica con una idea precisa de lo que persigue y el ambicioso es el que no tiene límites.

Como arma o como herramienta, tenemos el manejar esa duda a la que me refiero, que podemos diferenciarla de otros conceptos reconociéndola como la duda filosófica.

Filosófica porque se le puede analizar desde muchos puntos de vista, tantos como personas intervengan en el trabajo de ese análisis.

El análisis de la duda filosófica es el principio o el primer escalón que debemos alcanzar para iniciar los trabajos que entregarán el premio de aprender a conocerse a si mismo, ese es el primer gran objetivo que debe perseguir todo ser humano para ser mejor.